Duelo por el Rubio

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 El abanico oscila ávidamente ante mí, no se da cuenta que en su aire ha quedado prendido un látigo, cuyas colas adornadas con finas hojas de barbero, abofetean mi cara.

 Los destellos del sol en la afilada herramienta, multiplican infinidad de arco iris al responder a la luz de la mañana, pero luego tornan rojizos los despueses al conversar con mi piel y mi pasado.

 Abren mi mente los metales y liberan la basura que encierro, hay sangre podrida y vísceras malolientes, intestinos opacos de digestiones inmerecidas.

 Estoy desilusionado, pensaba que la luz del sol lavaría la imagen de mis miserias, pensaba que la forma de creer en mi, seria suficiente para tutearme con la honradez, pero veo que las miserias interiores son iguales en todos las personas auto-encontradas.

 Habrá que plantearse si el sol ilumina o quema, si el agua sacia o ahoga, o si el cariño destroza o destroza, o destroza después del destrozo, o es posible que solo sea una ilusión que nos frustra y lacera el presente por no poder enquistar el pasado.

 Leonor Canseco

“A los caídos por la livertá”

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“A los caídos por la liverta”, decía la única cruz que quedaba en una fosa común patagónica donde se enterró a un centenar de obreros patagónicos fusilados en 1921, durante el gobierno de Hipólito Yrigoyen por el teniente coronel Varela, con la anuencia de los estancieros británicos.
Pero lo de la cruz y su recuerdo es apenas una anécdota. Los datos fríos hablan de 1500 peones rurales fusilados por las fuerzas del gobierno de Yrigoyen y el estímulo de los estancieros ingleses (acostumbrados al fin y al cabo a tratar como esclavos a sus empleados) para aplicar la ley marcial contra los insubordinados, mayoritariamente anarquistas.

Ondas Q

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Ganges

Hoy me he dado cuenta que nuestra vida, es como ese electrocardiograma que nos indica nuestro paso por la Vida, totalmente definido, tanto las miserias más bajas, como las grandiosidades más altas, aunque mirándolo bien suele ser a la inversa, ya que las miserias se ven como grandiosidades y las hazañas valiosas suelen ser discretas y de poca publicidad.

 

Comenzamos con esa velocidad alta que marca el corazón infantil, con esa frecuencia que proporcionan los sueños e ilusiones y que mueve nuestros corazones a la velocidad de la autentica vida con futuro, luego el tiempo y la edad le dejara en su medida de cadencia personal, dejando que la realidad y los acontecimientos te pongan en tu sitio común a la vida cotidiana, mas adelante la cadencia se irá quedando a la pausa abierta de la edad, a la necesidad del estimulo que se nos apaga y a la alegría de los descendientes, para al final rendir todos tributo, al siempre amigo en un punto de la vida, Jorge Manrique, terminando en esa línea invariable e interrumpida que nos marca el reposo absoluto.

 

Es en ese momento, cuando todo gana y todo pierde su valor, cuando el recodo continuamente repetido en la rutina del paso, nos recuerda los lugares que siempre fueron monótonos en su ser, pero con el valor del sentimiento aplicado, del sentido concreto y definido, del camino del Abuelo, de la tienda de golosinas esquilmada o del rincón del Lego encontrado.

 

Otros son los valores caducos, ese poder divino prometido, esa vejez garantizada, esas palabras inducidas con doble sentido que la propaganda ha esparcido, todos los valores de los políticos en el mismo saco metidos, todo lo adornado que ante la sabiduría de los años se ha desvestido.

 

Todo lo sencillo gana en valor ante los valores perdidos, todos los detalles tienen sentido por no deslumbrarnos con adornos vendidos, todas las cosas son vistas como tales y por si mismas, sin necesidades de ser vendidas ante ningún comprador sin sentido.

 

Solo el saber ver las cosas desde la perspectiva de los años, nos permite ver en la oscuridad de lo que nos presentan, con las propias decisiones de la mente, que alimenta nuestra razón y la lógica que representa.

 

Leonor Canseco